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Con mi jefe

Te veo entrar en la habitación del hotel. Sonríes con media sonrisa, como sarcástico, como consciente de tu victoria sobre mí. Me obligas a desnudarme deprisa. Quieres dominarme con la desnudez igual que me dominas con la palabra. Sabes que mostrarte mi cuerpo desnudo me excita, pero también me cohibe. Quizás por eso siempre te hablo de mis sensaciones como si fuese un cuento, como si no fuese yo la protagonista de ese deseo y de esos orgasmos. Te sientas en un sillón. Mandas que me sitúe en el medio de la habitación. Estoy de pie, mirándote sumisa. Mis senos suben y bajan delicadamente al ritmo de una respiración que se vuelve fatigosa. Estoy nerviosa. No sé qué pasará, ni qué tienes pensado. Pero soy tuya y eso es lo único que cuenta.

Con el mando a distancia del stereo, conectas el aparato y de algún sitio desconocido brota una suave melodía romántica, que sabe de antiguo. "Baila", me pides, o mejor, me ordenas. Comienzo a moverme despacio, balanceando mi cuerpo en minúsculas eses, sin separar las piernas ni los brazos del cuerpo, sin mover los pies del sitio. Dejo que la música entre en mis venas, que me ateaviese el sexo, como desearía que tu polla me perforase. Mis movimientos se van animando. Separo los brazos, los levanto, los hago flotar por el aire al son de la música. Doy giros sobre mí misma, muy despacio para no alterar el ambiente, para que puedas contemplar todo mi cuerpo. Un cuerpo al que le gustaría gritar que te desea.

Te pones de pie. Me abrazas. Te abrazo. Nuestros cuerpos se mecen al compás de la música. Te quito la americana del traje, azul marino, impecable, serio, coherente. me arrodillo ante ti. Mis manos rodean tu cintura y me sorprendo: llevas algo sujeto allí, frío y duro. "No, la pistola no la toques". Me asusto. Pero tu mano acaricia mi mejilla y todo pasa. Agarras la pistola con la mano derecha; la sacas de la cintura del pantalón. Extiendes el brazo junto a tu flanco. Miro al pistola a la altura del muslo. "Sigue, Nin".

Vuelvo a mi tarea. La música me tiene drogada. Suelta tu cinturón. Desabrocho el botón de tus pantalones. Bajo la cremallera. No llevas ropa interior. Sabes que eso me excita. Frente a mí pende tu sexo todavía fláccido. Me gusta que esté así. Eso abre las puertas a una larguísima sesión de sexo. Si verme bailar desnuda no ha servido para empinártela, eso significa que tendré que usar mis mejores armas contigo. Armas, que palabra más poco apropiada, cuando tú estás con una pistola en la mano. La mira otra vez. "Me da miedo", susurro. Acercas la pistola a tu sexo, como si quisieses comparar la longitud del pene con la del cañón. "¿A cuál de las dos temes más?". "A la que vaya a penetrarme". Ríes. Al hacerlo tu pene vibra. Me gusta tu pene circuncidado. Con la nariz aparto la pistola y la separo de tu polla. Beso tu sexo con mis labios humedecidos. Lo atrapo con mi boca. Mi lengua acaricia tu glande. Siento cómo se hincha. Trato de tragar todo tu pene; entonces me doy cuenta de su longitud, mayor que otros que he mamado. ¡Y aún está en reposo! Con la pistola acaricias mi mejilla mientras me como tu polla. Se hincha, se alarga, me llena la boca. A mis oídos llega el imperceptible rumor de tus jadeos. Comienza a entrecortarse tu respiración. Tu mano izquierda descansa sobre mi cabeza, como un rey que impusiese la mano a una cortesana. Quizás porque yo sólo soy eso.

"Quiero llegar en tu boca. ¿Puedo?". Agradezco que lo preguntes. Demuestras ser un caballero. Aumento mis entradas y salidas. Mueves las caderas al ritmo de mis lamidas. La música ahora es demasiado lentapara nosotros. Necesitaríamos alguna fuga de Bach que estuviese a nuestro nivel: vivace. Me follas la boca con los movimientos de tu pelvis. Los pelos de tu sexo se enredan con mis pestañas. Más, más. Sigo, sigues. Los dedos de tu mano izquierda se clavan en mi cabeza, la cadena de tu reloj de oro se enmaraña con mi pelo, me haces daño; el cañón de la pistola aprieta mi cuello. Y vienes. Vienes dentro de mí. De pronto, una bola de semen caliente, muy caliente, golpea con mi paladar, llena mi boca. lo trago y araña mi garganta. Las sacudidas siguen y nuevas raciones de semen se depositan en mi boca.

Te obligo a acostarte en el suelo. Escupo el semen que aún queda en mi boca sobre tu sexo. Lo extiendo con la mano, pringando los pelos, los huevos, la polla. Cada vez que mis dedos rozan tu capullo, tiemblas. Sé que ahora está muy sensible, por eso tengo cuidado. Me extiendo sobre ti. Acaricio tu pecho. lamo tus pezones. Espero que te recuperes para que me poseas, para que inundes mi coño como has hecho con mi cerebro. Con tu encendedor de oro enciendo un cigarrillo. Miro la pistola, abandonada sobre la alfombra. Quisiera tenerla en medio de mi raja. Pero no me atrevo a tocarla. Eso tendré que pedírtelo a ti, que ahora descansas jugueteando con mis pezones.

Nin. otranin@yahoo.com



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